| No quiero ni pensar qué hubiera sucedido si fuésemos un país organizado, con visión de largo plazo y un gobierno eficaz, capaz de sacar adelante el proyecto de recuperación de playas.
De haber sido así, hace rato habríamos contratado el crédito requerido (unos 16 millones de dólares), y hace rato tendríamos 12 kilómetros de playa (como en el Cancún virgen), pero, y aquí viene el escalofrío, igual viene Iván y se las lleva íntegras, como hace 15 años se las llevó Gilberto.
Hay que asumir esa realidad: estamos en el sendero de los huracanes, e igual nos toca el ramalazo cada 15 años (por cierto, Iván hubiera entrado en idéntica fecha que Gilberto: el 13 de septiembre), que cada cien o que cada dos.
Pero si las fechas son inciertas, no así las consecuencias: huracán que venga va a devastar las playas. Y hay algo peor que los ciclones: el laberinto burocrático que nos impide concretar lo obvio, es decir, que un destino de playa tiene que tener playas.
¿Cómo es posible, se preguntará usted, que aportando Quintana Roo cada año tres mil millones de dólares en divisas y más de mil millones de dólares en impuestos, no se pueda resolver un problema técnico de 16 millones de dólares?
Falta de voluntad política, trámites trabados por años, actitudes evasivas, arrogancia, prepotencia. En dos palabras, mal gobierno.
¿Dónde estamos ahora?
A la mitad del camino, como siempre. Ya está concluido el estudio técnico, que consiste en extraer arena de dos bancos cercanos, situados en Bahía de Mujeres, y transportar el material en barcazas hasta las playas. Ya están definidas las rutas y los horarios de navegación, para no interferir con el tráfico habitual. Y ya se consiguió el visto bueno de Marina.
Pero aún falta que la Semarnap apruebe la manifestación de impacto ambiental, la famosa MIA, compromiso del gobierno de Chacho que nunca se cumplió. Y lo más difícil: falta que se firme el Fideicomiso, que Hacienda acabe de aceptar las condiciones del crédito y que el Gobierno del Estado otorgue su aval, pero no de palabra sino por escrito.
En ese contexto fue que recibimos el rozón de Iván. En teoría, no debería afectar: el ciclón se llevó la poca arena que nos quedaba, cinco metros por aquí, veinte por allá, pero el proyecto consiste en verter tres millones de metros cúbicos, suficientes para ampliar en 60 metros la franja de playas.
Pero, conociendo a la burocracia mexicana, ¿no se sugerirán nuevos cálculos de ingeniería? ¿No pedirán repetir los estudios ambientalistas? ¿No se les ocurrirá organizar una consulta pública? En fin, ¿no volverá a empezar la pesadilla?
Quizá se pueda hacer algo al respecto. En las próximas semanas vamos a oír a muchos candidatos, de muchas tendencias, solicitando nuestro voto (y, sin duda, nuestro respaldo económico). Tal vez sea un buen momento para que el sector empresarial les haga ver cuáles son sus prioridades. Más que tal vez, es el momento ideal para convertir la recuperación de playas en un tema de campaña.
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