Dos cancunenses que platican sobre lo "cool" de la multifacética avenida.
Una pareja de albañiles, uno con un marro y otro con la espátula todavía con mezcla.
Dos guapísimas españolas delante de los albañiles, caminando a paso veloz.
Un perro callejero que sacó a pasear a su dueño, quien aún no despierta del reventón de anoche, visto por un chilango que toma su chelada y le critica el arete en la nariz.
¿Qué pasó aquí? La pregunta es ¿qué genio se sentó a diseñar un producto turístico que, sin promoción alguna, lograra atraer semejante cantidad de gente de condiciones tan, pero tan heterogéneas?
A veces parece que el marketing no sirve para nada. El mundo, los recursos y las personas evolucionan, y no es fácil predecir a dónde van.
El marketing es una materia social que, contrario a lo que piensan unos, sirve para crear necesidades, sirve para detectar necesidades existentes y luego satisfacerlas.
Cada uno de los bichos raros (así se catalogarían entre ellos) que caminan por la Quinta encuentra algo que les satisface. Píenselo, cada uno recibe algo que quiere, conforme a su propio estándar de necesidades y valores. La labor del marketing, ahora sí, pues, tendría dos objetivos para dar la continuidad en el éxito del producto:
Uno. Cuidar que el producto mantenga el atractivo para cada uno de los "clientes" que se desea mantener. Para esto hay que preguntar a cada uno: ¿Qué hace ahí? ¿Qué le gusta y qué no le gusta del lugar?
Dos. Promover, promover y promover más entre aquellos "clientes" que se quiera atraer, hasta que por tanto promover llegue tanta gente que surja el mecanismo del precio, para convertir al producto, por escaso, en más deseable y por ende de más valor.
Para lograr esto hay que aplicar un poco de voluntad, algo de coherencia, esa que a veces se aleja de las costas mexicanas... y finalmente algo, ¿por qué no?, del arte de marketing. |