Los cancunenses -los no nacidos en esta ciudad- estamos aquí como si nada, como si nuestros pasos no hubieran dejado huella en ningún otro lado, como si aquí hubiéramos estado siempre. Y es que aquí está nuestra vida, la contable, la rescatable. La que vale la pena. Toda la vida.
Nuestra memoria comienza cuando llegamos a vivir a Cancún. Y no es que nos olvidemos del pasado. No. Lo que pasa es que muchos llegaron -llegamos- a esta ciudad, más que a fundar el futuro, a inventar un pasado. Entonces, nuestro pasado también comienza cuando llegamos a Cancún.
Se trata de lo que llaman sentido de pertenencia, no de identidad.
Pertenecemos a Cancún, lo llevamos dentro, lo gozamos, lo sufrimos a veces.
Pertenecemos a esta ciudad. Muchos siempre se están yendo y al final de cuentas se quedan, y los que se van llevan a Cancún en el alma, donde estén, ya sea como una suave brisa o como una frustración.
Cancún es la pequeña patria que descubrió nuestro corazón en un día incierto.
A veces es hostil -sus vialidades insensatas, sus peligrosos autobuses urbanos, los amigos que tienen poco tiempo para conversar, su ausencia de espacios públicos gratos para el disfrute de los sentidos- pero de repente, en la mañana o al caer la tarde, nos ofrece el dulce placer de contemplar el paso del tiempo, de nuestro tiempo.
Y a veces hay un sentimiento de desamor. Es decir, en ocasiones sentimos que la ciudad a la que pertenecemos no nos quiere, que puede vivir sin nosotros.
Pero esta sensación es fugaz, porque de improviso viene, llama, pasa un amigo, una amiga, un rostro conocido, una canción presentida en la infancia, una voz imprescindible, un árbol con la huella de otro tiempo Y entonces nos reconciliamos con nuestra ciudad.
A un habitante de esta ciudad le preguntan su origen y responde sin titubear: "soy de Cancún". No dice "vivo en Cancún", sino "soy de Cancún". Y este sentido de pertenencia es el invisible tejido social que mantiene a flote a esta ciudad. Es la búsqueda de la utopía, es decir, algo que nunca se podrá encontrar.
Muchos cancunenses de la primera generación recuerdan aquella ciudad pequeña, donde todos se conocían, y entonces surge no la nostalgia sino el revoloteo de una rediviva pasión.
Cancún, sin embargo, a diferencia de la de Tomás Moro, sí es la utopía que se puede alcanzar si no se pierde ese sentido de pertenencia a la ciudad.
Somos de Cancún. Somos Cancún. Porque esta es una ciudad que siempre estamos refundando en la memoria. Esa es la clave de su vida. De la vida.