| Desde hace varias semanas mi vida profesional, ya no digamos la personal, se ha visto tocada por un acontecimiento asaz perturbador: el nombramiento de Gabriela Rodríguez, para más señas mi mujer, como secretaria de Turismo.
El asunto se cocinó durante largo tiempo, mas, atendiendo a mi lado escéptico, no quise darlo por hecho hasta que fue un hecho.
A partir de ese instante he escuchado de los entendidos toda clase de versiones sobre cómo consiguió la chamba: que si fue un compromiso con Hendricks, que si fue una negociación con los empresarios, que si se cubrió la cuota de género, que si se sacó la lotería.
Yo digo que la integración de un gabinete siempre es coyuntural: aparte de llevarse bien con el que manda, los ungidos deben estar en el momento correcto y en el lugar preciso. Pero la cercanía con el poder no es suficiente: para hacer labor, para dejar huella, para permanecer, la nueva titular de Sedetur, como cualquier miembro del equipo, está obligada a dar resultados.
En ese afán, el de dar resultados, ha arrancado como arrancan todos, con jornadas de 12 y 14 horas de trabajo. No hay de otra: hay muchos expedientes que estudiar, muchas citas que agendar, muchos asuntos por resolver. Y hay que ir a Chetumal, o al resto del estado, cada semana. En consecuencia, tengo la extraña sensación de haber recuperado la soltería, aunque, atendiendo de nuevo a mi lado escéptico, sospecho que tanta libertad no pasará de ser un espejismo.
Como sea, de momento asisto en solitario a cenas y a reuniones, y soporto con mi lado estoico las bromas de los amigos, que ya me tienen fastidiado con el viejo chisme del príncipe consorte (o con suerte).
Pero lo que me tiene apachurrado el ánimo es el conflicto profesional, que consiste en ser editor de una revista empresarial, especializada en temas turísticos, en la cual cada mes escribo un comentario, este papelito, el cual, ahora que reviso la colección de Latitud 21, en una proporción mayúscula ha sido dedicado a un tema obsesivo: el turismo.
Para redactar el susodicho vuelapluma, en el pasado recurría a las fuentes informadas de la industria: el director de la OVC , el director de Fonatur, eventualmente el alcalde o el gobernador, el presidente del Consejo Coordinador o de los hoteleros, y desde luego, casi siempre, al secretario de Turismo, quienes serían muy mis amigos pero también estaban harto conscientes de mi condición de periodista, y no ignoraban que sus comentarios saldrían a la luz pública.
Las cosas de súbito cambiaron: siendo el turismo interés compartido, con la flamante Secretaria el temario es mucho más amplio, tal vez hasta exhaustivo, y desde luego resulta incómodo andar averiguando si eso se puede publicar, o si todavía pertenece a un expediente que requiere discreción, o peor aún, si su posible difusión puede lesionar la posición negociadora de la Sedetur (consideraciones que antes ni se me pasaban por la cabeza).
Además, y aquí está el meollo del asunto, ¿quién va a creerme?
Vamos a suponer que publico un artículo polémico, un tema caliente. Tal vez tenga suficiente información, argumentos sólidos, fuentes confiables, pero, en vista del nuevo equilibrio de poder, mi lado cínico me lleva a pensar que el lector se inclinará por la sospecha. ¿Pensó eso o le dijeron que lo escribiera? ¿Está tirando línea o se fue por la libre? ¿Es pura especulación o maneja información privilegiada?
Y lo peor será, porque sucede con frecuencia, cuando coincidamos en el diagnóstico o en la receta. Si lo publico yo primero y lo dice ella después, no faltará el machista que pregone que hay una eminencia gris en la Sedetur. Y al revés, si ella lo dice y yo la sigo, saltará el perverso que jurará que ya me vendí.
Desde luego, Gaby tendrá todo mi apoyo (que tal vez le estorbe), y no le faltará cariño (tal vez lo necesite), pues entiendo que esta nueva encomienda es el mayor reto de su vida profesional.
En cuanto a este papelito, es posible que se mantenga a prudente distancia de los temas turísticos, porque la coyuntura, a querer o no, ha sepultado su credibilidad.
¡Qué mala suerte!
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