| Me encantan los politólogos de café cuando festinan la derrota electoral de Juan Ignacio García Zalvidea, el inefable Chacho, como un triunfo de la cordura ciudadana, y la acreditan a un ejemplar voto de castigo, una respuesta inapelable a los excesos de su gestión.
Será que prefieren sus elegantes teorías a la cruda realidad, pues los números calientes dicen lo contrario. En 2002, Chacho ganó la alcaldía de Cancún con poco más de 20 mil votos, que representaban el 27% de la votación, y en 2005, en el mismo municipio, obtuvo 74 mil, ¡más del triple!, alzándose con un contundente 48% de los votos emitidos.
Tal vez en Cancún votó contra Chacho una minoría ilustrada, de clase media y alta, ésta sí harta del desorden, pero sin duda la mayor parte de los 52 mil votos que obtuvo Félix González (mismos que le dieron la gubernatura, porque son tan buenos y más numerosos que los de cualquier otro municipio), provinieron de lo que queda del voto duro del PRI.
Lo que está claro es que votó a favor de Chacho una mayoría inconforme y dolida, que se dejó seducir por un discurso redentorista y demagógico, y que no tuvo empacho en perdonarle los 100 millones que se birló de Interacciones, los tiraderos de basura a cielo abierto, los atrasos en la nómina del Ayuntamiento, las huelgas de los policías, la imposición de un cabildo por el que nadie votó, y su abierto conflicto con el sector empresarial.
En mi opinión, las pasadas elecciones confirmaron la fuerza de su músculo electoral, y mi bola de cristal dice que si Chacho no acaba en la cárcel, en virtud de sus frecuentes y hasta escandalosas transgresiones a la ley, este portento de la picaresca nacional estará largo tiempo entre nosotros, y a la larga podría acabar en cualquier parte, incluyendo el Palacio de Gobierno de Chetumal.
¿Absurdo? ¿Desconcertante? ¿Kafkiano?
¿Cómo puede un personaje que arruinó las finanzas municipales, que traficó influencias con descaro, que malversó las partidas federales, que fue exhibido como un mentiroso pertinaz, que se cambió tres veces de partido, que terminó peleado con el estado y la Federación , en fin, que dio cátedra de desgobierno, cómo puede haber sido premiado con el triple de los votos?
Para entenderlo, quizás haya que voltear hacia otros rumbos de la geografía nacional, y descubrir con desaliento que la propuesta populista de Chacho, ahora con la camiseta amarilla del PRD, está triunfando rotundamente en las ciudades turísticas del país. Ahí donde conviven en grado extremo la opulencia y la miseria, ahí donde se exacerban los contrastes sociales, hay un excelente caldo de cultivo para los mensajes mesiánicos.
Acapulco, y ahora todo Guerrero, será gobernado por el PRD. Los Cabos, y Baja California Sur, también. Incluso podría ser el caso de la Ciudad de México, que si bien no es centro turístico, sí es líder nacional en ostentación de riqueza (nomás hay que ver las boutiques de Mazaryk, las escoltas de los magnates en Polanco, las mansiones en Bosques). Y sería el caso de Cancún, de no ser porque le faltó brillo al candidato perredista y, pese a todo, apenas perdió por un margen de uno y pico por ciento.
Tal vez suene descabellado, pero sospecho que el voto a favor de Chacho fue el voto del resentimiento social. Del mesero, que sirve en palacios pero vive en una pocilga. De la camarista, que cubre jornadas de diez, doce horas de trabajo. De los trabajadores eventuales, que son despedidos cuando afloja la ocupación hotelera. De los taxistas, explotados por un sindicato venal (y priísta). De los vecinos de las regiones, que viven con el terror de los chavos banda. Y hasta de los borrachitos que rutinariamente asalta la policía.
En buena parte, el voto a favor de Chacho fue el voto de la revancha.
Y eso, a futuro, presagia negros nubarrones.
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