Año Número 22 Enero 2005

Como si no fueran suficientes para este fin de año tropical las noticias espeluznantes (los ajusticiamientos de Bonfil), las pícaras (el gordo aguinaldo que se asignaron los diputados federales con nuestro dinero), y las trágicas (¡qué porvenir nos espera con tales candidatos!), en diciembre volvió a cobrar fuerza un rumor añejo y sombrío: que Fonatur se retira de Cancún.

El intento es antiguo (remember Rogozinsky), pero el razonamiento es idéntico, y se reduce a destacar la inequidad de que el Fondo subsidie a Cancún con algunos millones de pesos anuales, privilegio del que no gozan otras ciudades turísticas.

A ese enfoque burocrático hoy habría que añadir un argumento económico: el Fondo ya vendió casi todo su inventario en la zona, de modo que a futuro tendría que buscar recursos en otros lares para aplicarlos al Caribe mexicano.

Desde una óptica purista, los partidarios de la retirada tienen razón. Pero hay cierta miopía en la propuesta, pues el subsidio ha permitido la construcción de 50 mil cuartos de hotel en la región, que atraen millones de turistas y captan montañas de divisas, y por esa vía hemos mejorado nuestro nivel de vida, y bastante, muchísimos mexicanos.

Los resultados en Cancún han sido tan buenos (y lo han sido también en Los Cabos y en Ixtapa) que, más que sacarle la vuelta, el gobierno federal debería subsidiar infraestructura en los municipios turísticos (porque están generando empleos). Cierto, eso atenta contra la política neoliberal, pero aquí estamos hablando de una fórmula que funciona, y no de las teorías de pizarrón que fascinan a los chicos de la Secretaría de Hacienda.

Además, los promotores del abandono olvidan dos hechos fundamentales.

Primero, que la inequidad fiscal se da a nivel federal, para desgracia de los municipios. Según cálculos estatales, Quintana Roo genera cerca de mil 100 millones de dólares anuales en impuestos federales, de los cuales nos devuelven cerca de 500 (menos de la mitad, cuando nos debían devolver casi todo). Y en esos 500 está todo: participaciones estatales, participaciones municipales, programas federales de educación, salud, ecología, agroindustrias y capacitación obrera, y, desde luego, el subsidio de Fonatur. Esa no es una dádiva generosa: nos dan muy poco, aunque a los demás les den todavía menos.

Segundo, no existe a la fecha, a nivel municipal, una normatividad que permita controlar el gasto de los alcaldes. Más allá de ineptitudes personales, los ediles de Cancún siempre tienen ambiciones políticas y privilegian el gasto en las regiones (donde está el voto), con absoluto desinterés por la zona turística (donde está el ingreso). Pedirles que atiendan la zona hotelera es un camino lento, pero seguro, hacia el suicidio.

Hay que oponerse con toda firmeza a la salida de Fonatur.

En todos los tonos, por todos los medios, hay que insistir que el subsidio no es un regalo, sino una inversión indispensable. Quienes promueven la retirada no lo entienden así, bien porque no saben de turismo, bien porque ignoran cómo funciona Cancún. Y quienes sí saben están muy calladitos, tal vez porque prefieren ir con la corriente, tal vez porque requieren de nuestro apoyo.

¿Por qué no les ayudamos a hacer ruido?

 

 
 


 

2003 Latitud 21. Derechos Reservados.