Año 2 Número 17 Agosto 2004

Como simple ciudadano, no abrigo la menor duda de que la actuación de Juan Ignacio García Zalvidea al frente del gobierno municipal fue un desastre.

Inexperto en lo político, caótico en lo administrativo, mentiroso pertinaz (hay que recordar su inventada audiencia con Vicente Fox), el edil se metió (y nos ha metido) en baches que van a trascender su administración: el abultamiento de la nómina (dos mil nuevas contrataciones en 900 días de gestión), la crisis del relleno sanitario, la cancelación de partidas federales (por desvíos a su campaña proselitista), el tráfico de influencias en el caso Riu, la parálisis del proyecto de recuperación de playas, y desde luego, una deuda con bancos y con proveedores literalmente asfixiante.

(Sin dejar de reconocer que no todo fue malo: las obras en colonias populares y la seguridad pública sin duda mejoraron en su período).

Pero en este claroscuro gana la oscuro porque, novato en la función pública, García Zalvidea mostró un carácter disparejo y rijoso, que lo llevó a romper lanzas con los aliados naturales de la ciudad: el munícipe vecino de Isla Mujeres; los secretarios estatales de Turismo, Desarrollo Económico, Finanzas y Gobierno; el gobernador del estado; el director de Fonatur; los titulares de Semarnat y de Sectur; la Comisión de Turismo de la Cámara de Diputados y, de rebote, el actual secretario del Presidente de la República.

(Para no hablar de las broncas con su partido original, el PAN, y con su membrete de repuesto, el Verde. Desde luego, a estas alturas, resulta ocioso advertir qué clase de espectáculo tendríamos en el delirante supuesto de que llegue a gobernador).

Pero el episodio del Chacho encierra una gran lección: cuando un gobernante se descontrola, la ciudadanía no tiene manera de meterlo en cintura. Llámese García Zalvidea, llámese Mario Villanueva, llámese López Obrador, llámese Salinas de Gortari (para citar ejemplos ilustres), nomás no hay forma de contener sus excesos.

De niños, aprendimos en la escuela que teníamos las mejores leyes del mundo. Ya de grandes, hemos descubierto que todo era mentira: ni tenemos buenas leyes, ni las podemos aplicar, porque un aparato de justicia corrupto y anacrónico se encuentra siempre al servicio del mejor postor.

Por ese camino, hoy (escribo el 20 de julio) estamos coqueteando con la anarquía, con un alcalde destituido que sin recato amenaza con la desestabilización, con un Concejo improvisado y repleto de personajes siniestros, con el doble discurso de las autoridades estatales y, para acabarla de amolar, con las tensiones de un proceso electoral en puerta, que promete ser un verdadero circo.

¿Hemos invertido tanto talento y esfuerzo para esto?

¿Nos merecemos esta clase de política?

¿Tenemos que resignarnos a ser espectadores en el caos?

Ignoro cuál será el desenlace de esta patética escaramuza, pero de una cosa estoy seguro: nada ganará Cancún en este río revuelto.

 
 
 


 

2003 Latitud 21. Derechos Reservados.