Año 4 Número 35 Marzo 2006
 
   

Bajo el colchón

Yo voy a insistir hasta el cansancio (y soy bastante necio) en que el costo íntegro de la recuperación de playas le corresponde pagarlo al Gobierno Federal, y que es un disparate exigir que los hoteleros, dado que se benefician de su vecindad con la línea costera, deban entrarle con su cuerno.
Eso equivaldría a pedirles a los exportadores que amplíen las pistas de los aeropuertos, o a los agricultores que levanten los puentes caídos de las carreteras, puesto que usan tales instalaciones para hacer sus negocios.
Las playas de Cancún, como las carreteras y los aeropuertos, son bienes públicos, y no se vale proponer que los particulares construyan o compongan el patrimonio de la Nación, por más provecho que le saquen.
(Eso sólo se puede cobrar vía impuestos).
En este caso particular, la postura del gobierno de Fox es inaceptable, y se torna absurda por el hecho de que tiene 60 mil millones de dólares en la chequera (o sea, en las  reservas del Banco de México), y literalmente no sabe qué hacer con ellos.
En efecto, conforme se acerca julio y Andrés Manuel se mantiene arriba en la intención del voto, el gobierno del cambio ha comprendido que le va a dejar a su más acérrimo enemigo un regalo que ni caído del cielo para sus inclinaciones populistas.
(Si nos atenemos a la experiencia, es difícil suponer que el Peje gastará esa montaña de oro en forma comedida. A su paso por la capital del país, prefirió las obras de relumbrón -como los segundos pisos viales- a las soluciones de fondo -como el Metro-; inventó los subsidios a los viejitos y discapacitados -sin recursos fiscales-, y derrochó millonadas en propaganda. El prefiere las soluciones tipo Echeverría: gastar lo que hay, y luego seguir gastando, pidiendo prestado lo que no hay).
Al revés, Fox prefiere no gastar, ni siquiera en lo que es estrictamente necesario.
Infraestructura, por ejemplo. En los seis años de su administración, en Quintana Roo apenas se construyeron 70 kilómetros de carretera (el tramo Chetumal-Cafetal, que en rigor no lleva a ninguna parte), y párele de contar. Ni un solo puerto o muelle (salvo el de Majahual, con fondos privados), ningún aeropuerto (ni siquiera se amplió el de Chetumal), ningún malecón (y vaya que varios urgen), ningún sistema de drenaje (puro remiendo), ningún relleno sanitario (puro parche), y ni un méndigo paso a desnivel en todo Cancún y en toda la Riviera Maya.
De hecho, lo mismo en el ámbito urbano que en materia turística, Quintana Roo funciona con una infraestructura obsoleta, insuficiente, de mala calidad, a veces peligrosa (como nuestra principal carretera, la Cancún-Tulum), y, desde luego, que pone en riesgo el futuro económico de la zona.
Y ante este panorama, la última novedad es que en materia de recuperación de playas Quintana Roo tiene que ver de dónde saca los 18 millones de dólares que se requieren para terminar el trabajo, y ya mejor ni hablar del aeropuerto de la Riviera Maya, o del puente sobre la laguna Nichupté, o del incierto arranque de Malecón Cancún, o hasta de un méndigo paso a desnivel sobre la Colosio (todas esas promesas que hizo Fox en los días posteriores a Wilma), por la sencilla, única, contundente e inapelable razón de que este gobierno ya decidió tirar la toalla.
Con razón al Peje no se le cae la sonrisa de la boca.

 

 
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